| Otra semana santa más |
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| escrito por Enrique Altazini | |
| lunes, 10 de marzo de 2008 | |
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Desde mi Atalaya: Estimados y como siempre muy queridos y respetados lectores, cada año tenemos una semana dedicada al culto de Dios. Una semana en la cual glorificamos su nacimiento, su vida, su obra, su pasión y su muerte por redimir nuestros pecados. Esta tradición se ha conservado a través de los años, con añadiduras propias de cada cultura y región del mundo. Las viejas y nuevas cofradías religiosas han mantenido vivo este ritual mágico de la Semana Santa o Semana Mayor; semana que por cierto, no todos respetamos en su esencia y naturaleza intrínseca, pues para muchos representa un alto en las duras y tediosas jornadas del trabajo cotidiano; algo así cómo una válvula de escape a las presiones y el estrés del día a día. Es la oportunidad de reunirnos no solo con Dios, sino también con nuestros amigos y familiares lejanos. Es una alternativa en el duro batallar, es como el encuentro de ese tan deseado estado alfa de nuestra mente y cuerpo. En Venezuela la Semana Santa es tiempo de oración y también de vacación. Los venezolanos aún en crisis no perdemos la oportunidad de movernos de un lado a otro en cuantas vacaciones tenemos a la mano. Los reales los conseguimos aunque sean prestados, lo importante es salir de la rutina. Los sitios de mayor interés y atractivos que frecuentamos son las playas, los ríos, los parques nacionales, los campos y las montañas. Las visita a familiares y amigos son casi el epicentro del éxodo vacacional. Pero no todo es paz y tranquilidad como deseamos, ya que paralelamente hay todo un mundo de adversidades al acecho, y analicemos ese amplio espectro de esas vacaciones colectivas. Así como la Semana Santa representa para la población una vía de escape a las presiones diarias de la vida y el trabajo, para el gobierno y sus autoridades representa un serio dolor de cabeza, ya que el desplazamiento masivo de masas humanas a través de tierra, aire y mar, exigen de un denodado trabajo de control y vigilancia, el cual cada año es reforzado en aras de bajar las espeluznantes estadísticas de accidentes y muertes, en su mayoría por imprudencia de nosotros mismos. Es lamentable que en cada asueto se enlute al país de una forma cada vez más alarmante. Pareciera que cuando nos abren las compuertas de unas vacaciones, perdemos en sentido común, el juicio y el equilibrio. Nos volvemos locos y no le paramos a nada ni a nadie. Pero la emergencia no es solo para la autoridades de la Protección Civil, de los Bomberos, del Tránsito Terrestre, de los cuerpos Policiales, y otros; la emergencia es de todos, tanto de los que viajan como de los que quedamos en casa. Los que viajan llevan consigo un riesgo latente de verse involucrados directamente, pero quienes nos quedamos en casa, también enfrentamos situaciones emergencia, pues nos llegan familiares y amigos con el deseo de pasar unos días con nosotros, y allí, después la alegría que esto produce, vienen las emergencias locales. Los servicios colapsan; agua, luz, teléfonos, cloacas, etc. En el hogar tenemos que compartir hasta la cama y habilitar fogones para cocinarle a la tropa. Los chamos y chamas hacen de las suyas, y se levantan hasta los muertos. La música, caña y bochinches arruinaran nuestra apacible tranquilidad cotidiana, por más alegría que no den los parientes o amigos visitantes. Total al terminar la Semana Santa solo nos quedará darle gracias al cielo, de que sobrevivimos a una más. Hasta el cura de la Iglesia alabará a Dios y le dará las gracias porque todo volvió a la normalidad. |
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