| Día de Independencia |
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| escrito por Charito Rojas | |
| miércoles, 19 de abril de 2006 | |
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Hoy se cumplen 196 años de aquel Jueves Santo cuando mantuanos caraqueños se juntaron con pardos y blancos de orilla para empujar al Capitán General Emparan a una renuncia y salir así del dominio español. Aunque ellos realmente no estaban muy seguros de querer una guerra de independencia similar a la que libraban los estados del norte o una revolución como la muy inspiradora Francesa, cuya influencia invadió la mente de criollos aristócratas como Simón Bolívar. El propio Precursor Francisco de Miranda, veterano de varias guerras y reconocedor de los movimientos libertarios indetenibles, se encargó de empujar a los arrojados jóvenes a interpretar que el "no" del dedo de Madariaga no era sólo para botar a Emparan sino al Imperio español de estas tierras americanas y tomar el mando de la nación. Mucha agua ha corrido desde 1810: unas veces plácidas, otras tempestuosas, pero siempre (óigase bien: siempre) el deseo de ser libres ha prevalecido por encima de cualquier tiranía o dictadura; la rebeldía criolla ha vencido a voluntades personales y a imposiciones de los más fuertes. Es por eso que no reconozco como compatriotas a los venezolanos que están aceptando que un solo hombre destruya la incipiente democracia y la incipiente prosperidad de Venezuela. Indiscutiblemente no es la misma sangre procera la que permite chupar del erario público sin el menor remordimiento; que tolera indiferente la destrucción de la institucionalidad; que PDVSA, el buque insignia de la Venezuela que aspira a primer mundo sea convertida en una pulpería de pueblo; que los poderes públicos cuya separación fue inspiración de Voltaire, de Montesquieu, como principio básico de la equidad, desaparezca para complacer un ególatra. ¿Qué clase de horchata puede correr por las venas de quienes no protestan por el irrespeto a la vida, a la propiedad, a las diferencias? 196 años después, los venezolanos se encuentran en una nueva lucha por su libertad, una lucha tan desigual como aquella, cuando ciudadanos de a pie se enfrentaron a un todopoderoso gobierno, armado, rico y con reconocimiento internacional. Y sin embargo, los venezolanos ganaron, a fuerza de empeño y agallas. Las mismas que necesitamos en estos momentos para impedir que terminemos llamándonos Chavezuela. |
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