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Estimados y como siempre muy queridos y respetados lectores, un 23 de julio de 1993 la vida floreció de nuevo en nuestro hogar, pues ese día nació nuestra primera nieta, a quién le dimos la tarea de honrar el nombre de mi santa madre, su bisabuela Zelinda (La Madama), seguros que desde el cielo derrama sus bendiciones sobre todos nosotros. Cuando tenía apenas dos (02) añitos, en uno de esos arrebatos de inspiración y locura que nos da a quienes gustamos de la escritura redacte esta carta, la cual en su original tiene un preámbulo tan o más grande que la misma, pero hoy he tomado de ella fragmentos de su esencia para rendirle un homenaje de afecto y cariño a ese ser tan maravilloso que nos inició en la apasionante aventura de ser abuelos.
Zelinda -mi niña- hoy arribas a tus quince primaveras la edad más codiciada de toda mujer, por lo cual quiero decirte hija mía, que a partir de este momento entrarás a un mundo nuevo y grande, bello y hermoso, también muy peligroso, donde te espera todo lo que te hará feliz: Tus estudios y profesión, el amor de tu vida; también la decepción, la angustia, el llanto y la felicidad. Para entrar a ese mundo mi niña no uses cábalas ni cierres los ojos, pero tampoco lo abras con la intención de ver solo lo malo. No cierres tu corazón con siete llaves, pero tampoco lo dejes sin ninguna cerradura. No pienses que los caminos son fáciles y te lances a andar con los pies desnudos y las manos abiertas. Tienes que llevar algo para el viaje, un equipaje sencillo y necesario que te ayude y proteja, como la armadura de tu voluntad para recuperarte de las caídas, así ninguno de los golpes que recibirás llegarán a romper tu fe. Lleva también mucho amor para los que te amen y para los que te puedan odiar, pues alguien que no sé quien ni se porque lo hará aún sin motivos; pero debes saber que el que odia no es malo, solamente esta enfermo. Recuerda pues que en ese mundo viejo y en tu camino nuevo tienes un gran amigo que te conoce desde que tú naciste, que te quiso y te quiere más que así mismo. Que lucho siempre por buscar lo mejor para ti, que te protegió y siempre hizo por ti lo que creyó necesario por verte feliz, y hoy como ayer te sigue los pasos, esta siempre contigo y no te abandonará afectivamente jamás. Es un hombre que siempre buscó tu luz para iluminarse y tu sonrisa para sentir que la vida no se ha vivido en vano. Un hombre que cuando eras chiquitita te compro una muñeca de trapo tan grande como tú, que no podías cargarla sin caerte al suelo. Un hombre que reía y lloraba contigo para vivir también tus emociones y travesuras. Ese hombre soy yo, tu abuelo Enrique. Mi niña, cuando yo no esté más en este mundo seguirá estando mi semilla, tu papá. Puede ser que para entonces lo encuentres muy severo o demasiado intransigente, pero si tienes algún problema mi niña, acércate a él y díselo. No hallaras mejor amigo que quien ha pasado noches en vela cuando estabas enferma y rezó por ti cuando ya había olvidado las palabras de las plegarias, y lloró de emoción y alegría la primera vez que le llamaste papá. También debo decirte mi niña que yo no estuve solo en ese camino a tu lado. Una gran mujer me acompaño siempre y cuidó de ti cuando naciste, lloró de alegría al ver tu rostro por primera vez, te enseñó a caminar, te ayudo a decir tus primeras palabras, vivió alegrías y penas cuando reías o llorabas. Esa mujer te quiso y te quiere por sobre toda las cosas, siempre tuvo reservado para ti el mejor lugar de su corazón. Esa gran mujer es tu abuela Ramona. No olvides nuca -mi niña- que fuiste, eres y seguirás siendo por siempre la reina de nuestros corazones. Tus Abuelos.
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